Fundación Michou y Mau: una oscura noche de fuego de cuyas cenizas nació la esperanza
En días recientes han vuelto a circular historias sobre la Fundación Michou y Mau, y con ellas regresa, inevitablemente, una de las tragedias más profundas que ha marcado a nuestro país. Una historia que no se puede leer sin que algo se quiebre por dentro. La historia de Virginia Sendel, ex periodista y ex presentadora de televisión.
Era la víspera de Navidad de 1997. Una noche que suele asociarse con luces, abrazos y esperanza, se convirtió en un punto de no retorno. Un incendio provocado por un árbol navideño consumió la casa de su hija Michelle. En medio del caos y las llamas, Michelle murió intentando salvar a sus hijos. El tiempo se detuvo ahí. La vida se partió en dos, sin aviso, sin misericordia, sin oportunidad de entender lo que estaba ocurriendo.
Dos de sus nietos resultaron gravemente quemados y fueron trasladados de urgencia a un hospital especializado en niños quemados en Galveston. Mau no sobrevivió. La otra pequeña sí. Y con esa herida abierta, una herida que no cicatriza nunca, Virginia siguió caminando. No porque el dolor se fuera, sino porque decidió no dejarse vencer por él. Caminó sostenida únicamente por una fuerza que nace cuando ya no queda nada más.
De esa tragedia, en 1998, nació la Fundación Michou y Mau. Un nombre que no es una marca, ni un símbolo vacío, sino un acto de amor eterno. Los nombres de su hija y de su nieto convertidos en promesa: que ninguna familia tuviera que enfrentar sola el infierno de una quemadura grave.
La fundación ha hecho del auxilio una misión permanente. Ha impulsado el traslado y la atención médica especializada para niñas y niños mexicanos, es decir, de cualquier estado de la república, con quemaduras severas, en Texas, EEUU; y ha sembrado, con constancia y paciencia, una cultura de prevención que salva vidas antes de que el fuego siquiera aparezca.
Nació del dolor más devastador que puede conocer una madre y una abuela, y se sostiene con una esperanza luminosa: salvar a otros. Es como si, en cada niño atendido, Virginia intentara aliviar un poco ese vacío que nunca se llena, transformando su propia pérdida en refugio para los demás.
La Fundación Michou y Mau existe porque hubo una noche que lo destruyó todo, pero también porque hubo una mujer que decidió que su dolor no se quedaría encerrado entre cenizas y recuerdos. Desde hace 27 años, esta fundación ha salvado la vida de más de 2,000 niñas y niños mexicanos. Y sigue en pie gracias a la generosidad de personas que, con el corazón en la mano, aportan recursos para que esta cadena de amor no se rompa.
A veces, del fuego más cruel, nace la luz más necesaria. Gracias eternas Virginia.

